Historia del flamenco

Sin la existencia de los cafés-cantantes es difícil que el flamenco hubiera adquirido la expansión que actualmente conocemos. Se puede preguntar si estos establecimientos fueron fruto de su época, necesidad o negocio; podemos discutir sobre si fueron necesarios o no para el desarrollo del cante; lo cierto es que existieron, y que sirvieron para su difusión y para su comercialización.


El primero del que se tienen noticias es el de la calle de Lombardo de Sevilla, que se abrió en 1842. Desde entonces, la historia de estos locales abarca tres cuartos de siglo, o incluso más si consideramos descendientes suyos a los modernos tablaos que proliferaron en la década de los setenta del siglo XX. Hubo cafés-cantantes en casi toda España: Granada, Sevilla, Cádiz, Jerez y Málaga se llevaron la palma, pero también existieron en Madrid, Barcelona, Cartagena, La Unión e, incluso, en el País Vasco.

 

El café-cantante era un local cerrado donde corrían el vino y el aguardiente, abundaban las mujeres y las actuaciones iban generando pasión y creatividad hacia la madrugada. Los flamencólogos señalan que con los cafés-cantantes el flamenco alcanzó su gran esplendor, y que gracias a ellos el estilo perduró y evolucionó. El número de cantaores se incrementó notablemente, ya que había que renovar el cartel de vez en cuando y sacar voces nuevas. Aun así, muchos cantaores, sobre todo gitanos, se negaron a cantar en ellos, manteniendo una actitud de dignidad que no les permitió hacer tampoco ningún tipo de actuaciones públicas. Gracias a la continuidad de las actuaciones, el cantaor, el tocaor y el bailarín fueron iniciándose en el terreno de la profesionalidad. Cada sesión suponía además un ingreso. Al principio se cantó por necesidad expresiva, pero poco a poco el afán crematístico fue imponiéndose.

 

El lado positivo de la cuestión estribaba en la sana competencia entre artistas; el afán de superación, la adquisición de un lenguaje propio cada vez más digno y el desarrollo de todas las facultades posibles son características innegablemente positivas de estos lugares. Los hubo buenos y malos, pero en los auténticos el flamenco floreció con inusitado interés. Se llegaron a crear competiciones de muy diversa índole: desde quién cantaba más palos, hasta quién era más puro, quién aguantaba más tiempo cantando o quién hacía más florituras.

 

Se sigue discutiendo si el cante flamenco debe exhibirse en escenarios, ante muchedumbres. Los puristas y tradicionalistas fallan en contra. Otro sector muy numeroso de la afición estima que lo mismo que otra manifestación artística puede y debe manifestarse en teatros y salas de música. No obstante, la historia ha demostrado que es susceptible de ser ofrecido al público en solemnes actos artísticos ( recitales de Granada y Córdoba entre 1956 y 1964) del mismo modo que un recital de piano.

Por su influencia en el destino del flamenco hay que mencionar unos cuantos nombres egregios: Francisco Ortega,apodado "el Fillo", de quien arranca la historia flamenca; Silverio Franconetti, creador del género flamenco (cante gitano-andaluzado) y propulsor de los cafés del cante; don Antonio Chacón, conquistador d elos teatros, y Anonio Mairena, introductor y mantenedor de los cantes gitanos puros en los festivales artísticos andaluces. En una época en la que el auténtico flamenco era desconocido o menospreciado, Anonio Mairena permaneció fervorosamente apegado a la tradición gitana. Su actitud fue trascendental para la historia del cante. A Mairena más que a ningún cantaor se debe la salvación y difusión del glorioso legado del flamenco. Por eso se acata y reverencia su nombre en numerosas minorías del mundo entero, estimándosele el mejor cantaor de nuestro tiempo.